lunes, 1 de abril de 2013

MÁS TRASMANO, MUCHA LOMA. Por Flóbert Zapata Arias


1

Hay una funcionaria de la Alcaldía de X. que se desvive por los viejitos desamparados a los que les llega la pensión de vejez del Estado y no van a reclamarla. ¿Cuánto será? Han de ser unas monedas pero en la pobreza extrema en que vive por lo menos la mitad de los colombianos hasta una moneda significa mucho. Recuerdo esa vez que, en Bosques del Norte, mi alumno Yimy me aconsejó que encaletara el billete de mil que tenía en la mano para abordar el Cosmobús. “Profe, por ese billete lo matan”, “¿Verdad?”, “Uff, profe ,con eso se compran una vincha”. En efecto vi niños irse a golpes mortales por una moneda de cincuenta pesos, de las cuales se necesitan cuatro para comprar una caja de fósforos.

A una viejita la funcionaria, o convendrá decir la heroína,  fue a buscarla por todo el municipio hasta que la descubrió en su  rural casa miserable, demasiado enferma, paralizada y sin cédula. Pues al otro día se llevó al registrador en persona a que le hiciera lo de la cédula en su cama, para que pudiera reclamar el acumulado. ¿Y si me darán esa platica?, preguntaba con los dedos entintados, como diciendo Nos han mentido tanto que ya no creemos. Sí, yo le garantizo que sí, le respondía la heroína de lo cotidiano. Y con el recibo del documento se hizo al dinerillo y compró comida, contemporizó un poco con la dicha entre tanta desdicha, alejó el ataúd.

A otra anciana, que no podía salir de lo achacosa, la ayudó lo mismo a que reclamara la platica. Con ella compró vitaminas y se murió.

−Le faltaban fuerzas para morirse. En esta país la gente se está muriendo de hambre –comentó S. y me alegró ver por una vez a su conservadurismo conmovido. Convervadurismo, el arte de olvidar que se viene de la pobreza, que no hay nadie que no venga de la pobreza y, a salvo de ella, necesitarla para ganarse el cielo dando limosnas.

A una moribunda las vitaminas y los remedios que pudo comprar le asentaron mejor, se le ve por la calle sana, feliz, endomingada, incluida en el mundo, va a misa, visita a las amigas.

−¿De cuánto será esa pensión?

−No sé, creo que es poquita pero algo es algo.

−Hay gente tan arrancada que lo que para uno es poquito para ella es un mucho.

 

2

Varios días a la semana hago una lenta caminata ida y vuelta desde La Carolita hasta Redentoristas. Son las once y media de este lunes 1 abril de 2013, por la Avenida del Rio un niño viejo o un viejo niño, enfundado en su uniforme amarillo-azul con algo de rosa,  arrastra un carro de Bon-ice en la misma posición y con la misma dificultad que un soldado arrastra un cañón de guerra. La cachucha, también tatuada con la marca y los colores, deja ver su recortado cabello de cabuya como la lentitud deja ver su esfuerzo, que le gusta sin embargo porque lo entiende como salud, tal me dijo, pero sinceramente creo que una persona de 72 años debería estar practicando otro deporte y en otras condiciones. Ojalá que esta nota no le vaya a costar el empleo a Marcos López, como se llama.  No lo sabré si le llegara a pasar pero le daría una indemnización de cincuenta mil pesos.

−En Venezuela a los cincuenta y cinco años con sólo presentar la cédula usted tiene derecho a una pensión –le digo.

−He oído, allá como que tratan muy bien a los pobres. Y que para esa pensión no hay demora ni colas ni papeleos.  

−¿Y sabe a cuánto equivale esa pensión? A un salario mínimo de aquí. ¿Cómo le parece?

−Muy justo.

−Después de los sesenta años toda persona puede viajar por el país sin tener que pagar pasaje, si le gustan mucho los carros no se tiene que bajar.

−He oído, allá como que tratan muy bien a los pobres.

−Pero aquí hablan muy mal de allá.

−Para que la gente no sepa.

−Aquí como que también existe una pensión para los viejos.

−Sí, yo la tengo.

−¿De cuánto es?

−Trescientos mil pesos cada dos meses. La tengo hace tres años, se la debo al presidente Uribe.

La mentira democrática, una raíz difícil de arrancar, la gente cree que es la persona, el funcionario, y no el Estado, el que le da la pensión, ignora que el Estado es ella.  Álvaro Uribe Vélez, una mentira difícil de arrancar, ataba a la gente con regalos de estos. Tenía otro, por cada alumno que certificara asistencia a la escuela le daban al padre de familia una bicoca la tercera parte de esta, que sin embargo les servía para no morirse de hambre de inmediato sino más despacio. El resultado: millones de clientes, de votantes cautivos, de seguidores ciegos. Conocí en el mismo Bosques del Norte familias que vivían de esta sola entrada familiar, pálidos, flacos, llenos de ira y de ganas de matar, de alquilarse, de los que habría que decir con Vargas Vila: “si estos son los hombres de mañana, ¿qué será de esta patria, mañana, en manos de esos hombres? El minotauro, pag 101”.  Y sin embargo, la naturaleza posee tanta sabiduría que consigue que muchos de estos inocentes se rebelen ante el oprobio y la autodestrucción programada por otros.

En Manizales les pagan a los viejos esa pensión en el Banco Popular y la gente que la reclama parece mucha, según Marcos, pero me encontré hace un par de meses a la abuela de Luis Fernando, un alumno de Bosques, indigente, cuidadora de carros en la calle, y se lamentó de que se la niegan y se la niegan, aunque no puede haber nadie más digno de lástima que ella en la tierra. Le regalé veinte mil pesos a Luis para que se comprara unos tenis, que ya andaba gorobeto de lo que le tallaban de lo antiguos, la primera vez que me los pidió no tenía.

−Pero Uribe habla muy mal de Venezuela.

Con los gestos respondió: Sí, yo no entiendo eso, está mal.

Todo el tiempo mientras hablamos le he ayudado a arrastrar el cañón de helados a Marcos. Llegando a la glorieta de San Rafael una niña compra un bon-ice, una cuadra más arriba se larga el agua, nos escampamos en un cantilibre de Alta Suiza y luego en un supermercado. Cerquita está la escuela, esperamos a ver si cesa el chaparrón, son las doce, no vende un solo producto, los niños salen directo de la puerta a los carros o los taxis, sólo unos a pie bajo la sombrilla de su madre, los que viven detrás de la oreja. Me hubiera gustado oír a un niño pidiendo a su madre que le comprara un bon-ice y a ella respondiéndole: ¡Cómo se le ocurre, con este frío, ni se lo sueñe! Hace veinte años en una cafetería que quedaba por la Avenida Santander en lo que hoy queda el Olímpica del hospitalito, huyendo de un aguacero nocturno, Uriel Giraldo y yo nos vimos ante la mesera:  pedí pintadito, “bien caliente”, él pidió un helado. Le mostré mi sorpresa, me explicó sus razones. Debí sólo asombrarme,  aprender, no juzgar. Entonces era un perdido, un hombre completamente normal, es decir vivía como los otros necesitaban, no como yo necesitaba, y no me preguntaba acerca de ello.

−Perdí la venida –comentó calmado. Entonces noté lo pequeño que era, me llegaba debajo de los hombros su cabeza rubia de ojos verdes, blanco de los que por generaciones  llevaron vida de negros o de indios en la ciudad.

­−¿Cuánto se saca en un día bueno?

−Diez mil pesos. Y en un día frío siete.

−Duro.

−Sí, pero qué más voy a hacer, con la pensión no me alcanza.

A ratos hablábamos, a ratos mirábamos el agua correr y caer.

Lo tuve que dejar porque llegaron las doce y media y el frío empezaba a pegarme, cogí un taxi, me lo imaginé al final de la lluvia yendo hacia La Sultana, como hacía siempre, y más tarde de vuelta a San Sebastián, con el carro casi lo mismo de pesado que en la mañana,  “allá está la agencia, la fábrica está en Bogotá”, donde se surtía, porque había otra en Ondas del Otun que, deduzco, le quedaba más trasmano, mucha loma.

 

 

La Carolita, lunes 1/abril/2013

© Flóbert Zapata, febrero de 2013