lunes, 30 de julio de 2012

EL PERRO. Por Flóbert Zapata Arias

(Agatha a un mes de la triste histerectomía)
Un dios que no conozco me tira desde el Norte piedras y descarnados huesos de costilla de vaca y no le he hecho nada, ni siquiera le he ladrado, no ladro por ladrar, no he tocado las cercas de sus latifundios. La mitad de las cicatrices que tengo me las produjo él.

Cuando el esposo y la esposa pelean a golpes sale el niño a la calle a maltratar animales.

Maltratando animales se adiestra para matar personas.

Me voy con quien me quiera y no le hago reclamos ni lo demando si me abandona.

Me comí el Antiguo Testamento un día que tenía tanta hambre que me quedé sin alientos para pedir.

Desgraciada mi amiga la gata confinada solitaria en una casa, que no sabe masturbarse y se lo pasa gimiendo de ganas de un coito y una descendencia.  Le harán quitar el útero, los ovarios y las trompas de Falopio con amor porque tendrían que regalar la ventregada menos uno, su futura compañía, y temen que caiga en manos maldadosas y crueles.

Cuando encuentro una perra me la llevo al campo, donde los humanos no nos tiren agua hirviendo por el delito de amarnos. Si estoy solo me masturbo frotando mi pene contra tallos blandos o flores carnosas.

Porque les enseño a otros perros mi forma de vida me persiguen algunas especies, me echan de todas partes, no tengo residencia fija.

No como mucho para no ponerme bonito y fuerte. Así evito que alguien, vasallo o rey, me haga suyo y me convierta en soldado para sus cacerías de conejos, guatines, patos, alces, osos, elefantes.

¡Cómo tiñen los mares de rojo las ballenas asesinadas!

¡Cómo tiñen de rojo la mirada interna las guerras de los hombres entre sí!

Duermo donde me coja la noche, la paso mal sin patria como Julián Assange, no tengo el almuerzo de mañana garantizado pero sé que hay seres cuyas oraciones no desplazaron a la memoria, que se quitan el pan de la boca para dárselo al hambriento, que comparten su manta con el desamparado en la noche helada. A ellos les pertenece mi corazón y mi compañía, a ellos los honro sentándome siempre a sus pies. Da cárcel hablar de ellos, da cárcel hablar de los fuereños que se les parecen,  pero pronuncio sus nombres con mis saltos, mis fugas y mi alegría.

Ladro para decir mi único credo: que la vida es bella si la moral consiste en no quitar y si la verdad consiste en no vestir.

Escribir con los pies en la tierra o con la cola en el aire me produce adrenalina de la buena.





© Flóbert Zapata, julio del 2012