martes, 13 de agosto de 2013

Hubiera nacido yo en otra parte. Por Flóbert Zapata

(Fotografía: Pegatina en muro de Manizales )


“Después de la fundación de Roma, la república naciente fue dividida en tres clases, que por esta división tomaron el nombre de tribus. Cada una de estas tribus fue subdividida en diez curias, y cada curia en decurias, al frente de las cuales se puso a unos jefes llamados curiones o decuriones. Además de esto se constituyó, a partir de cada tribu, un cuerpo de cien caballeros, llamado centuria. Estas divisiones, poco necesarias en una ciudad, eran al principio sólo militares”. A los jefes de las centurias correspondían los centuriones.

Durante la violencia del cincuenta bajaron desde Manizales unos ciudadanos conservadores a Filadelfia para organizar con civiles esta estructura  militar que describe Juan Jacobo Rousseau en El contrato social, pág 152 en la edición resumida de Longseller. Su misión era espiar en la plaza, en los cafés y en todo lugar para ver quién pertenecía al Partido Liberal, quien hablaba mal del Partido Conservador, quién hablaba mal de los prohombres conservadores, quién hablaba mal de la religión católica, quién hablaba mal de los curas, quién no observaba la tradición a rajatabla y determinar su merecido, que podía ser una aplanchada (con machete), una golpiza, una amenaza o la muerte misma. ¿Quién había enviado e instruido a aquellos ciudadanos? Los había enviado e instruido Gilberto Alzate Avendaño, afamado personaje colombiano, de quien dicen leía mucho (testimonio de E.P., sastre villamarino conservador radicado allí, que después de ver estas y otras conductas abandonó su credo y se volvió comunista. Aún vive.).  

Filadelfia en el pasado fue un pueblo liberal pero las sucesivas violencias le fueron cambiando de signo, hacían ir a los liberales y los vacíos dejados por ellos los llenaban con gente de Aranzazu (Montes, Zuluagas, Giraldos, etc), lo que se llama repoblación. La mayoría de gente de Filadelfia proviene de este municipio teológico, que se enorgullecía de haber dado más curas que los otros municipios de Caldas, La Ceja caldense. Echado con pasquín y sangriento atentado de escopeta de la vereda Samaria, corregimiento de Arboleda, municipio de Pensilvania, mi padre llegó a Filadelfia a pie con la prole en canastos cargados por trabajadores leales, entre otras vicisitudes la de que mi madre atravesara calorosa las heladas aguas del rio Samaná con León en el vientre. Arruinada la siembra económica para el futuro, perdido casi todo, llegó allí a empezar de cero. Se encerraba con su esposa e hijos a las cinco de la tarde, no hablaba con nadie porque estaba prohibido de facto que un liberal tomara tinto con otro, la angustia total reinó en la familia durante esos horribles años en los que el cura Vicente Osorio disparaba una carabina contra los postes en La Cachucha para amedrentar rojos (testimonio de H. Z.). Esas carabinas habían llegado en un guacal al lado de una imagen de yeso, colaboración de Francisco Franco desde España (Testimonio de A.G. a través de su padre). Mi mamá tenía por costumbre rezar también en el cementerio y en una de esas su conservadora compañera de ocasión le dijo desde su manto negro hasta el de ella: Parece que los refugiados que llegaron se van a tener que ir. ¡Vieja mala, vieja sádica!, la señora y también la sociedad.  Mi mamá llegó temblando a la casa. Ante las presiones varipontas mi papá dijo: No ando más, si me toca morir aquí muero aquí pero no ando más. Sin esta decisión jobina hubiera nacido yo en otra parte para alegría de algunos paisanos poseídos por la misma intolerancia de esos tiempos.




SE BUSCA

Flóbert Zapata pregunta por su padre.

Vez última que fuera visto:

trece de octubre del sesenta y siete,

aquí en el cementerio de Filadelfia, Caldas,

a donde vino huyendo, “desterrado”

de zarca Pensilvania, la década anterior.

Aparte de otras plagas

un “pasquín” anunciándole la muerte,

por liberal;

la espalda, el cuello

con marcas de disparo de escopeta,

desde el monte, a mansalva.

Encontraría al llegar violencia igual de atroz 

y por poco le toca huir de nuevo:

secretos bajo hostias, tumbas, mantos.

Señas visibles: carpintero,  fotógrafo,

escultor en madera;

en la lápida o la palabra

un fiel panal de abejas, siempre;

algún carné firmado por su mano,

secreto por entonces, ayer público

y hoy perdido;

capas de nicotina, 

Pectoral o Virginia,

soñando que los miedos

se diluyeran en espirales;

hontanares de azul

profundo en la mirada sepia débil;

su columna en pedazos por caer de un andamio

cuando refaccionaba la cama del Señor,

quien no lo supo nunca.

Lo busca para que cumpla aquella promesa

que nunca pudo hacerle y se supone

entre dos que han sentido idéntica barbarie:

conversar, beber juntos una jarra de vino.

(De Ataúd tallado a mano)









La Carolita, viernes 2/ag/2013

 

© Flóbert Zapata, agosto de 2013