jueves, 29 de noviembre de 2012

ENSEÑÁNDOLE A LLORAR. Por Flóbert Zapata Arias


A Alejandro Luque

Nos da pena aceptar que somos pobres. Hay que ser pobres y negarlo, lo llaman dignidad. Decirlo, por su parte, suena a pecado, a locura, a ingratitud. Hasta que lo decimos pero nadie nos escucha, lo que nos hace sentir como si nunca lo hubiéramos dicho, lo que nos repite otra vez que no hay sitio para el amor en este mundo. Pero un día, cuando ya no había esperanza, en un correo electrónico por fin alguien nos escucha y lloramos. Lloramos con ese tipo de lágrimas que no saben responder si curan o enferman.  Lloramos media hora seguida y siempre que volvemos al correo lloramos de nuevo porque alguien nos ofrece tumbar nuestra arruinada tristeza y recontruirla como reconstruyen esas casas de pobres en los realities-show norteamericanos.

Hicimos todo bien para dejar de ser pobres, sangramos de honrados, trabajamos tal como se nos dijo, vivimos tal como se nos recetó, pero al final no sólo no dejamos de ser pobres sino que somos más pobres que antes, si pensamos en los sueños que debe realizar cada edad, cada destino.

Al alcanzar una pensión se descubre que comienzan a quitárnosla, que de todos lados nos arrancan un pedazo, hasta que de ella no queda sino el nombre, además de que el mundo ha cambiado y de ella deben vivir nuestros también enfermos y también pobres hijos.  

El niño pobre es un viejo que no sabe que lo es. El viejo pobre vuelve a ser niño, lo que prueba que la maldad total no se realiza nunca. Fisiológicamente el viejo vuelve a la infancia, gatea, recibe soledad y burlas. Arduamente, empujado, exhumado, el niño regresa a salvar al viejo. ¿Cómo? Destapándole sus obstruidas fosas lagrimales y enseñándole a llorar.
La Carolita, miércoles 28/nov/2012

©Flóbert Zapata Arias, noviembre del 2012