domingo, 24 de noviembre de 2013

Sarcoma para todos. Por Flóbert Zapata

Me fascinaban los tenis rojos de Alcy Doney, Croydon, referencia Huang, pedidos por catálogo, quería unos,  tratamos él y yo de conseguirlos, no pudimos, no llegaban, me devolvieron los diez mil pesos de adelanto. Los segundos para él serían los grises, los segundos para mí serían los mostaza. Esta semana conseguí los rojos y los mostaza y hoy me regalaron de sorpresa los grises.  Alcy Doney murió hace un mes, de fulminante cáncer de estómago, no tuvo tiempo de despedirse. Publicaríamos unos microcuadernillos baratos para regalar en las lecturas de poesía a que nos invitaran, él coordinaba y diseñaba y de mi cuenta materiales e impresión. Tengo en mis manos el machote del suyo, Estado incompleto, carátula en papel kraft e interiores en periódico. La biografía en la última página registra que nació en Anserma pero no el año, lo que indica que soñaba con una musa, las revistas que lo incluyeron y sus seis obras, una de ellas en el 2003, titulada Sarcoma.  
La Carolita, sábado 23/nov/2013
 
© Flóbert Zapata, noviembre de 2013
 
 
(Alcy Doney en la Feria del Libro de Ibagué este año, entre Édgar Trejos y la profesora)

viernes, 22 de noviembre de 2013

Piel de aguapanela. Por Flóbert Zapata


Estoy hecho de aguapanela, mi piel es de aguapanela, mis huesos son de aguapanela, mi carne es de aguapanela, mi organismo rechaza lo amargo como ningún otro, mi mente busca a los dulces, serenos, honrados, a los piadosos, equitativos y razonables. Puedo comerme un atado de panela perilla sin problemas cuando otros con un pedazo sufrirían un ataque de glucemia. Las pobrezas me negaron total o parcialmente los demás alimentos pero nunca me negaron aguapanela. Jugaba fútbol en la calle desde la salida de la escuela hasta el anochecer, cosa permitida porque la estrechez de la casa hace que nos estorbemos, decía ya vuelvo, paren el partido, no valen los goles y me escapaba a tomar aguapanela, una taza al clima que bajaba por el gaznate en un segundo a reemplazar los líquidos perdidos con el sudor, aun recuerdo la olla de aluminio como un pozo fantástico al que acudía no sólo en la sed sino en el hambre. Por eso escribo este canto a la aguapanela, sencillo como la aguapanela, humilde como la aguapanela, cortés para mí como la aguapanela, sincero, semidesnudo como un atado de panela envuelto en hoja de plátano seca, desprovisto de apariencias y agradecido.

Estoy hecho de arroz mínimamente, el arroz costaba mucho, no se había desarrollado la tecnología de semillas y fertilizantes, no se daba la superproducción de hoy cuando hasta el más pobre se come un plato de arroz lleno y deja. Colocaban dos cucharadas en el plato al lado de simétricas tajadas flacas de plátano maduro y sabíamos que no se podía pedir más. A veces el femenino grito autoritario reclamando el nombre del facineroso que, antes de repartirlo, sacara una cucharada de la  olla sin permiso, el hueco oscuro como prueba categórica sobre la nevada superficie.

La porción de carne de res o cerdo, cuando sucedía, era chiquitica, me gustaba frita, en manteca La Blanca, y seca, por lo que se achiquitaba aun más. Cocida en el zancocho se volvía gris, lamosa, triste, con un aire de cementerio. No estoy más hecho de carne que una guadua.  

No estoy hecho de pescado porque en mi pueblo no había río sino cañadas y sin embargo cogíamos con costales de cabuya peces tan diminutos que prácticamente desaparecían cuando les vaciábamos el vientre con microcirugías de cuchillas Gillette.

Menos estoy hecho de leche pura y queso, esos alimentos extraños a los que sólo pude acceder de grande y a los que nunca me acostumbré. Nada más ajeno en mi infancia que un vaso de leche, cuando Javiei (Mejía, se le decía así porque  pronunciaba la i por la r) me ofreció uno en su casa me pareció simple, de olor extraño y no lo tomé. A veces alcanzaba la fortuna para ponerle a la aguapanela caliente un hilo de leche, como si se tratara de un jarabe medicinal, qué delicia, suelo preparar dicha mezcla para volver a esos pocos momentos claros.

Consumo mucha fruta porque estoy hecho también de fruta. Desplazados, recién huérfanos de padre, brizna de la diminuta isla liberal rodeada de un mar conservador, la patota comandada por mi hermano Fáber se internaba desafiante en las campiñas del egoísmo, robábamos naranjas, mandarinas, zapotes, moras, nuestras las fáciles guayabas de los generosos sarmientos como nuestras las manchosas y moradas caimas colgadas en la manigua, a pedradas caían amarillas madroñas del madroño del parque. Lo que le sobraba a la barriga, en ocasiones aguacates verdes, nos lo metíamos entre los testículos  para evitar al cansado regreso los ojos fisgones y helados de doñas y dones urbanos y rurales dispersos y comunicados como los nudos de una red, cuando no parientes. Alguna vez se oyó la noticia de un desesperado niño ladrón de bananos muerto por un disparo de escopeta. ¡Cuántas huidas con las manos vacías, dejando pelos en el alambrado,  por el acoso de los perros o los caldeados madrazos del dueño de la finca! Porque nunca estuvimos en ellas deduzco que había zonas impenetrables, tenebrosas, señaladas.

El alma está hecha de lo que la mató en la infancia. La vida está hecha de lo que se rebeló a que la mataran. Gracias pequeño comandante Fáber, gracias pequeños milicianos  Gonzalo y Édgar Marín, sin ustedes la infancia hubiera estado hecha sólo de aguapanela y no sé si hubiera bastado.

La Carolita, viernes 23/nov/2013

 

 

© Flóbert Zapata, noviembre de 2013

lunes, 11 de noviembre de 2013

UNA FOTO. Por Flóbert Zapata


¿Te acuerdas cuando eras joven y engañado, cuando no soñabas llegar a viejo y escéptico?

Con esa mirada de mercenario que intenta la gloria y fracasa aunque la gloria no existe sino en los tontos y tú lo eras.

Cuando tu sonrisa se detuvo a tiempo para que nunca comprobaras a quien imitabas o de quién huías en los momentos en que te quedabas solo por vicio.

Oh, qué triste foto, demasiados golpes recibidos, demasiadas cremas mágicas y gratuitas para borrar las cicatrices, lo que invitaba a que te golpearas tú mismo, acusado de nunca haber sufrido.

Oh, qué triste descubrir que te vendía barato lo que amabas a la luz diurna y la lealtad de lo que te amaba a escondidas por más que nunca lo buscaras y te lo hubiera entregado el azar.

¿Te acuerdas que dejabas ir lo más bello y retenías lo más triste?

¿Te acuerdas cuando de profesor te negabas a ser alumno?

Acuérdate ahora pero mejor no te acuerdes más de tu entusiasmo dejando en ti las mismas huellas de la mortificación.

Que por última vez mires esa foto del torneo municipal de fútbol de Neira, cuando creías que el mundo era el mismo en todas partes, se habían repartido la dicha clara y buena en tu ausencia, no te habían dejado nada y resultaba inútil buscar.

La Carolita, martes 30/abr/2013

 

© Flóbert Zapata, mayo de 2013

HAY MÁS SUPERSTICIONES QUE PANES. Por Flóbert Zapata Arias

(Prado, Tolima)


Siembras la tierra, haces panes de harina, te alimentas y eres feliz pero debes dejar de hacer panes porque alguien quiso tu propiedad y te echó de ella.  

Si tiras una piedra por encima del arco iris, al caer al otro lado se convierte en oro o diamante, lo que escojas.

Para sobrevivir y no morirte de hambre haces panes de polvo de las calles y los caminos pero debes dejar de hacer panes porque el polvo también tiene dueño, daña tu salud y tus fogatas pueden causar incendios.

Si logras caminar por encima del arco iris te conviertes en dios terrenal o  rey.

Entonces haces panes de superstición, de esos sí puedes hacer los que quieras, llenas el mundo de ellos, te dan toda la harina,  toda la tierra, te llevan volquetadas, te señalan canteras, te dan las llaves de los depósitos secretos.

Si haces una trenza con el arco iris y te la pones de manilla o corbata te vuelves inmortal.

Hay más supersticiones que hombres, hay más supersticiones que panes, hay más supersticiones que granos de harina o de tierra.

La Carolita, viernes 16/ago/2013

 

 

© Flóbert Zapata, noviembre de 2013


miércoles, 6 de noviembre de 2013

MIÉRCOLES. Por Flóbert Zapata

(Pintura mural en la Dian, Manizales)



Te levantas repuesta por el sueño, te duchas,

hueles a manantial, desayunas chocolate caliente,

huevo, queso y arepa, te lavas los dientes,

te pones tus mejores ropas, te maquillas,

estás hermosa, te miro, te celebro, te deseo,

no te lo digo, te coge la tarde,

tendrías que ducharte de nuevo.

Ocho horas de trabajo, doce horas de ausencia,

te regresan a casa, en la cama eres mía y soy tuyo,

hacemos el hijo del estrés, el afán y la fatiga.  

 

Te levantas repuesta por el sueño, te duchas, hueles a manantial, desayunas chocolate caliente, huevo, queso y arepa, te lavas los dientes, te pones tus mejores ropas, te maquillas, estás hermosa, te miro, te celebro, te deseo, no te lo digo, te coge la tarde, tendrías que ducharte de nuevo. Ocho horas de trabajo, doce horas de ausencia, te regresan a casa, en la cama eres mía y soy tuyo, hacemos el hijo del estrés, el afán y la fatiga.  

La Carolita, miércoles 6/nov/2013

 

© Flóbert Zapata, noviembre de 2013


Un inmenso puño azul. Por Flóbert Zapata

(Foto: Almacén de Montería)


“Ellos aspiran a revisar el Génesis para ocupar esa primera página”. José Enrique Rodó en Ariel.

 

El mundo vuelve a empezar.

A los Reyes Magos los guía la antorcha

de la Estatua de la Libertad hacia el Occidente

y el Génesis comienza en Wall Street y Calvino.

Los nuevos evangelios dicen

que sin el éxito y el lucro muere la vida,

que el fracasado, el lento, el traidor

y sus descendientes deben vivir malditos

por treinta años y secarse.

Piden que las fieras destrocen toda compasión

y nos dejan mirar el paraíso de lejos

o toleran el soborno y el ojo cerrado

para que se cuele uno que otro  inmigrante ilegal.

Jesús nace en la Casa Blanca

y lo crucifican en una película de misteriosos,

inenarrables efectos especiales,

secreto de Estado con patentes.

No sube a los cielos sino que los cielos bajan

para asentarse en el mapa de Norteamérica

y convertirla en un inmenso puño azul.

 

 

El mundo vuelve a empezar. A los Reyes Magos los guía la antorcha de la Estatua de la Libertad hacia el Occidente y el Génesis comienza en Wall Street y Calvino. Los nuevos evangelios dicen que sin el éxito y el lucro muere la vida, que el fracasado, el lento, el traidor y sus descendientes deben vivir malditos por treinta años y secarse. Piden que las fieras destrocen toda compasión y nos dejan mirar el paraíso de lejos o toleran el soborno y el ojo cerrado para que se cuele uno que otro  inmigrante ilegal. Jesús nace en la Casa Blanca y lo crucifican en una película de misteriosos, inenarrables efectos especiales, secreto de Estado con patentes. No sube a los cielos sino que los cielos bajan para asentarse en el mapa de Norteamérica y convertirla en un inmenso puño azul.

La Carolita, martes 22/oct/2013

 

 

© Flóbert Zapata, noviembre de 2013