jueves, 13 de diciembre de 2012

LAS OTRAS GUERRAS. Por Flóbert Zapata Arias


Volvemos del trabajo cansados, como si hubiéramos estado en una guerra. Es que estábamos en una guerra. En una guerra con las excesivas responsabilidades, en una guerra con las presiones, en una guerra con los jefes, en una guerra por las metas, en una guerra con los compañeros, en una guerra para que a nuestro nombre no lo incluyan en la lista del próximo recorte de empleados, en una guerra...

 Volvemos del estudio cansados, como si hubiéramos estado en una guerra. Es que estábamos en una guerra. Librando batallas para no perder el año o el semestre, librando batallas para no perder un examen, librando batallas para no perder una asignatura, librando batallas para evadir el control, librando batallas con los profesores, librando batallas con los otros alumnos, librando batallas…

Salimos del hogar cansados, como si hubiéramos estado en una guerra. Es que estábamos en una guerra. El esposo le pone pelea a la esposa. La esposa contraría al esposo. El hermano fastidia a la hermana. La hermana fastidia al hermano. El padre le grita al  hijo. La madre discute con la hija. El hijo censura al padre o a la madre. La hija recrimina a la madre o al padre. La madre…

 (Fotografía: arte corporal y facial caduveo. Tomado de Tristes trópicos)

La Carolita, jueves 23 de noviembre del 2012.

©Flóbert Zapata Arias, diciembre del 2012

miércoles, 12 de diciembre de 2012

POR ESO NO CREO EN USTEDES. Por Flóbert Zapata Arias


Donde me dijeron que encontraría el amor, después de las sonrisas iniciales y sin escarbar, encontré el odio.

Donde me dijeron que encontraría la libertad, después de las fotos de turista y de aceptar un trabajo, encontré la esclavitud, con feroces contramaestres de corbata, La vorágine moderna.

Donde me dijeron que encontaría la paz, entreverada con discursos que citan a dios, encontré la guerra.

Donde me dijeron que los encontraría a todos no me encontré ni a mí mismo y, cuando me busqué, unánimemente vieron en mí a un desconocido y me dieron la hostilidad y la desconfianza que se les entrega a los instrusos.

Donde me dijeron que encontraría calor encontré calor, pero breve y anticipo de un frío eterno de luna de hielo.

Donde me dijeron que encontraría el mal encontré el bien después de separar la escoria. La escoria, que al menos tiene la dignidad de reconocer su esencia, aunque todos sabemos que el fuego que la quemó no lo comenzó su mano.

Por eso no creo en ustedes.

 

(Fotografía: Salamina)

La Carolita, jueves 23 de noviembre del 2012.

©Flóbert Zapata Arias, diciembre de 2012

miércoles, 5 de diciembre de 2012

SIN EN DONDE ESCONDERNOS. Por Flóbert Zapata Arias





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Miércoles 5/dic/2012, siete y treinta de la noche. Teatro los Fundadores. Privada academia Miluzca, Danzar es vivir. Estaba allí para ver a mi sobrina Ana María, que actuaba en dos de las ventisiete coreografías tituladas Sol y media noche, actividad de cierre. En la contracarátula del programa las propagandas y en ellas Supercolor. “Al dueño de esta lo mataron el sábado, se llamaba Javier Hurtado. Le iban a robar una cadena de oro en Chipre, no se dejó, recibió un disparo en la clavícula y murió en la clínica pero no de la herida sino de un infarto”. ¿Javier Hurtado? No se trataba de la citada sino de Blanecolor, se lo aclaré a mi hermana. Quiérase que no, los impresores tienen vital parentesco con los escritores, frente a ellos siempre la sensación de que en el camino nos encontramos tarde que temprano para la simbiosis. Conocí a Jorge temprano, hace treinta años, me hizo Profecías del pasado, mi primer libro. Lo traigo a la memoria fuerte de músculos, enjoyado, claro, eficiente, preciso de personalidad. Hacía poco se había retirado de La Patria para montar su propia empresa. Rápido gano alto prestigio y cosecha económica. Nunca más lo volví a ver. J. D., un colega profesor mío, cuando se emborrachaba por la noche salía corriendo en pelota por Chipre. Impacta la escena de la mujer detrás para rescatarlo del naufragio. A alguien le comentó Javier, habitante también de ese barrio, que si se lo encontraba en una de esas le pegaba un riendazo.    
2
Si supieran lo que se escucha en los confesionarios.
Si supieran lo que se escucha en las estaciones de policía.
Si supieran lo que se escucha en los juzgados.
Si supieran lo que se revela en secreto.
Si supieran lo que se escucha en la Fiscalía.
Si supieran lo que se escucha en la Defensoría del Pueblo.
Si supieran lo que se escucha en la Personería.
Si supieran lo que se escucha en las salas de cuidados intensivos y en el cuarto del paciente terminal.
Si supieran lo que se escucha en las salas de urgencias de los hospitales.
Si supieran los que se escucha en Bienestar Familiar.
Si supieran lo que se escucha en los barrios pobres.
Si supieran lo que se escucha en las cárceles.
Si supieran lo que se calla por miedo.
Si supieran lo que se calla por honor.
Si supieran lo que se calla por maldad.
Si supieran lo que se calla por confusión.
Si supieran lo que se calla por debilidad.
Si supieran lo que se entierra en la noche.
Todos se irían, comenzarían a caminar sin rumbo y sin detenerse hasta que una roca los detuviera y los albergara.
Estamos ahogados y ningún mar brama con más decisión, ninguno es más grande y desbocado.
Se nos cayó el cielo encima como un ascensor desde lo alto sobre el mecánico que lo arregla en la base.
La tierra nos ha dejado sin en donde escondernos.
©Flóbert Zapata Arias, diciembre del 2012


EL HONOR DEL HACHA (ficción). Por Flóbert Zapata Arias

(Arte facial y corporal caduveo. Tomado de Tristes trópicos)


Sois vosotros los que me mataís. Vosotros, mi familia, mis amigos, mis colegas, mis vecinos, mis paisanos, mis coequiperos, mis novias y sus familias, poso mayoritario del pasado. Vosotros, que no me dejábais ver a los poquitos que no me mataban al endilgarles una maldad que no tenían. Vosotros, los que de frente me decíais palabras dulces y por detrás diatribas, vosotros, los que me invitábais a casa, los que hablábais de moral y valores, los que me enseñasteis a temeros, los que tenía que respetar por obligación, los viejos de alma, los canosos de pelo pero de genuina maldad e intolerancia jóvenes, fuertes y ladinas, los que me escuchaban sin exaltar que expresara y pedían que terminara rápido, los que me ocultaban información, los que me darían tres cenas y hasta cuatro pero luego me echarían a la calle. Sois vosotros los que me matáis por ellos, con más sevicia que ellos. Y vos, esposa, y vos, madre, os disputais el honor de levantar el hacha medieval, con licencia de cirujano y no de asesino.   

 

 

©Flóbert Zapata Arias, diciembre de 2012

lunes, 3 de diciembre de 2012

LOS HERMANOS. Por Flóbert Zapata Arias

(Fotografía: Avenida Santander, Manizales).

Los hermanos son feroces cuando un extraño los ataca. Pero nadie más feroz que un hermano cuando ataca a otro hermano. Ninguna ferocidad mayor que la que mostraron católicos y protestantes en la Guerra de los Treinta Años. La misma de esos otros hermanos más antiguos que se desgarran hace dos mil años, lo que va de la honda al misil: cristianos, judíos y musulmanes.

Sólo se comparan esas gigantescas ferocidades al odio de un religioso a un laico, al odio de Stalin a Trosky, al odio de un policía a un marihuano, al odio de un maestro militarista a un maestro humanista,  al odio de un esclavo convencido a un poeta, al odio de un poeta a otro poeta.

 

La Carolita, domingo 2/dic/2012

©Flóbert Zapata Arias, diciembre de 2012

domingo, 2 de diciembre de 2012

HAN ALCANZADO EL CIELO. Por Flóbert Zapata Arias

(Fotografía: Manizales, vía a La Enea)

Los amantes hacen el amor siempre en un hospital de guerra, así lo llamen hogar, motel, hotelucho, taberna o cafetal.

El alcohol que beben y los cigarros que fuman son sus únicas medicinas posibles.

Los cantantes, como curas, rabinos o imanes, les hablan desde el púlpito de las canciones y los invitan a continuar la esclavitud.

Si el hombre asesina a la mujer con un puñal y luego se mata ingiriendo cianuro no queda duda alguna de que han alcanzado el cielo.

 

 

La Carolita, martes 20/nov/2012

©Flóbert Zapata Arias, diciembre del 2012